jueves, 16 de septiembre de 2021

Cíclope 3.0 - 14-09-21

 


Sombras de Septiembre


Cíclope 3.0 del martes 14 de septiembre de 2021.

Tal y como se anuncia en la presentación, el programa está dedicado al noveno mes del calendario gregoriano, canciones o nombres artísticos que hagan alusión al ínclito mes, umbral del otoño.  Y para empezar, September Song, en la voz de Ian McCulloch.


Ian Stephen McCulloch, el que fue fundador de la banda Echo & The Bunnymen junto a Will Sergeant allá por 1978, comenzó a grabar discos en solitario sobre 1984 y lo hizo publicando un Maxi-Single, September Song, versión de una composición original de Kurt Weill en la música con letra de Maxwell Anderson.  Es una canción que fue interpretada, entre otros, por Bing Crosby en 1943 y por Frank Sinatra en 1946.  La versión realizada por McCulloch cuenta con los arreglos de cuerda del compositor y músico inglés David Bedford (1937-2011).




Fundado en el año 1979 en Birmingham, Inglaterra, Felt (foto anterior) estaba formado por su alma-máter, el guitarrista Lawrence Hayward (en la foto primero por la derecha), más la guitarra de Maurice Deebank (sentado junto a Hayward) y el batería Gary Ainge.  Después se sumaría un guitarra bajo.  Firmarían con el sello Cherry Red y publicaron cuatro LPs de música instrumental entre 1982 y 1985.  El primer álbum no instrumental apareció en otro sello, Creation Records, del guitarrista Alan McGee, y llevaba por nombre Forever Breathes The Lonely Word.



Forever Breathes The Lonely Word - 1986
En este LP ya no estaría el guitarrista Maurice Deebank que, tras su marcha de la banda siguió dedicado a la música pero en solitario, sin tener que soportar personalidades egotrónicas como la de Lawrence Hayward, que hablaba de sí mismo en tercera persona, es decir, cuando se ponían a debatir sobre la estructura de una canción, de los acordes, él decía: Creo que Lawrence no está de acuerdo con eso.  Él tiene otras ideas al respecto.  El resto del grupo le decía: 

-Es que tiene una forma de concebir un tanto...estrecha.

-¿Quién?

-Pues tú.

-¿Yo?

-Sí, tú, Lawrence.

-¡Ah! ¡Él!

Forever Breathes The Lonely Word contó además con la colaboración de un organista como Martin Duffy, un hombre que tocaría con bandas como Primal Scream o The Charlatans.  El álbum incluye September Lady, una canción que viene perfectamente para el programa de hoy.

Para seguir ilustrando musicalmente este mes de Septiembre nos trasladamos ahora hasta Memphis, Tennessee, para quedarnos con la banda Big Star.



Big Star

Big Star se formó en 1971 contando con el guitarrista y cantante Chris Bell (en la foto superior, primero por la izquierda), el bajista Andy Hummel, el batería Jody Stephens y el guitarrista y cantante Alex Chilton (a la derecha en la foto).  Aunque los cuatro componían y cantaban, la mayoría de las canciones del grupo fueron compuestas e interpretadas por el binomio Bell/Chilton que formaban un equipo creativo similar al de Lennon/McCartney.

Big Star, sinónimo de Power-Pop poderoso, responsables de LPs como el que firmaban en 1974 con el título Radio City y que incluía temas como el que recupera el Cíclope para esta ocasión: September Gurls.





Septiembre  Triste es el título de una canción firmada por un cuarteto llamado The Lucy Show.

Siempre pensé que el nombre de la banda lo habían sacado de aquella serie norteamericana de TV de finales de los años 50 principios de los 60 del mismo nombre, protagonizada por Lucille Ball, sin embargo no es así.

El grupo comenzó cuando dos músicos canadienses, Mark Bandola, nacido en Winnipeg, Manitoba, y  Rob Vandeven, nacido en Olds, coinciden en la Escuela Secundaria de Calgary, se hacen amigos, crecen compartiendo la pasión por la música, se hacen mayores y se trasladan desde Canadá a Inglaterra, a Londres.  Bandola se marcha en 1978 y estudia en la Escuela de Arte de la capital británica; Vandeven se movería un año después, en 1979, de vacaciones y se quedaría a vivir en el Reino Unido.

Rob Vandeven (izquierda) y Mark Bandola florecen como grupo en Londres sobre 1982 con formato de trío: Bandola como compositor y guitarrista, 
Vandeven cantando y tocando el bajo y un batería que después sería sustituido por otro músico y el añadido de un cuarto miembro.  Como trío se bautizaron como Midnite Movie, como cuarteto se rebautizaron como The Lucy Show, que no tenía nada que ver con la serie de televisión y que escogieron porque, sencillamente, sonaba divertido.  Además la madre de Vandeven se llamaba Lucy y se empecinó en hacer lo posible porque el grupo adoptara ese nombre.  Y así bajo dicha forma aparecerían LPs como Mania, de 1986, que incluye Sad September.









  




Vamonos ahora con algunas voces femeninas para ilustrar canciones referidas al noveno mes, como por ejemplo la de Marianne Faithfull.


Para su primer álbum de estudio compuesto principalmente de material original en más de una década, (1995), Faithfull reclutó al destacado compositor Angelo Badalamenti con la intención de que escribiera música para sus letras y para que produjera el resultado final, si resultaba convincente.  Y sí que lo fue, sí.


Con las mejores herramientas creativas de Badalamenti, es decir, cuerda envolvente y atmoférica, arreglos dotados de una melodía misteriosa, con unas señas de identidad que recuerdan otros trabajos suyos, Badalamenti supo certificar los textos de Faithfull y acoger su voz rota, dando como resultado final temas como Flaming September.

Otra mujer haciendo una semblanza del mes protagonista del programa de hoy, Annie Lennox.


Dotada de una sensibilidad extraordinaria, con un bagaje rico y amplio en el mundo de la música, Lennox, en el año 2014, publicó un álbum de versiones de temas estándar del Jazz, del Pop, del R & B...  se encarga del piano, piano eléctrico, flauta, percusión, comparte la actividad de los arreglos de las distintas composiciones con el productor del álbum Mike Stevens.  Y, por supuesto, canta.  Un año después, en 2015, aparecería con la misma portada otro disco que incluía este grabado en estudio y un DVD con actuaciones en vivo que recogen la interpretación de otras canciones.  Esa segunda edición lleva por título Nostalgia.  An Evening with Annie Lennox.  Tanto en un disco como en otro viene la canción que escogemos, una composición que, allá por 1956, interpretaron el grupo de color The Platters, un clásico titulado September in the Rain.



 

De todas las canciones que suenan en el espacio de hoy, la que lo hace ahora es la más breve: un minuto y dieciocho segundos.  Es todo lo que necesita David Sylvian.


Sylvian, en 1987, publicaba su cuarto LP firmado con su nombre y apellido: Secrets of the Beehive.  A sus espaldas la labor realizada como vocalista y compositor con la banda Japan.  Después sus colaboraciones brillantes con Robert Fripp, Holger Czukay...  Y las colaboraciones de estos en los álbumes en solitario de Sylvian.

En este caso las colaboraciones fueron de antiguos colegas de música y amigos como Mark Isham en la trompeta y el fliscornio y la estrecha intervención creativa de Ryuichi Sakamoto encargándose de los arreglos de cuerda, de viento, del piano.  La portada corrió a cargo del equipo de diseño 23 Envelope  y especialmente de un diseñador que trabajó durante tiempo con el equipo, Vaughan Oliver.  La producción del disco estuvo compartida entre Steve Nye y el mismo Sylvian.  La canción September como he dicho sólo necesita los arreglos de cuerda de Sakamoto y el piano y la voz de Sylvian cantando su semblanza del mes.
De la calma y serenidad de Sylvian a una banda original de Suecia, de la ciudad de Gotemburgo, que incluyen el nombre del mes que hoy nos ocupa como parte del nombre del grupo: September Malevolence.


Originalmente comenzaron con estructura de cuarteto, actualmente creo que quedan tan solo tres miembros capitaneados por la guitarra de Martin Lundmark (en la foto, primero por la izquierda).  Se dieron a conocer en el año 2004 con un Single de debut al que le siguieron otros sencillos y sobre todo tres álbumes entre 2005 y 2011.  En el año 2008 se publicó After This Darkness, There's a Next.  Se les cataloga como banda de Post-Rock, dotada de guitarras potentes y es cierto: comienzan muy tranquilos para ascender como un soufflé de pasión alcanzando momentos muy buenos como el que rescatamos, el tema The Descent.



La naturaleza, durante el mes de septiembre, comienza a distribuir colores sobre su paleta que anuncia la cercanía del otoño y entre otras tonalidades los rojos anaranjados van a desempeñar un papel muy importante.  Un dúo de los años 80, aún vigentes en el plano de la música, que responden al nombre de Eyeless in Gaza, titularon su álbum de 1983 con el nombre Septiembre Rojo Óxido e incluyeron una canción que hablaba de las colinas de septiembre.


 

Los dos miembros del dúo Eyeless in Gaza, Martyn Bates, izquierda, y Pete Becker derecha












Siempre pensé que el nombre del dúo, Eyeless in Gaza, venía de la obra Sansón agonista de John Milton publicada en 1671 y que trata sobre los últimos días de uno de los Jueces de Israel, Sansón, que permanece ciego atado a una rueda de molino triturando trigo para convertirlo en harina.  Pero no es así, el nombre del dúo viene de la obra homónima de Aldous Huxley, Ciego en Gaza (Eyeless in Gaza) publicada en 1936 y que trata el conflicto entre lo intelectual y lo sexual y su resolución a través del misticismo.  Creo que un día de estos vamos a elaborar uno o dos programas Especiales para repasar la música de estos dos músicos británicos particularmente interesantes.
Nos quedamos en Inglaterra, en concreto en Bristol, para asistir a un encuentro.  September Rendezvous lo titulan sus creadores, un trío que responde al nombre de Ilya.


Ilya es una creación del compositor Nick Pullin (en la foto, primero por la izquierda), la cantante Joanna Swan y el guitarra bajo Dan Brown que en la foto ya sabes qué posición ocupa.  Es un grupo que se dieron a conocer a través de anuncios publicitarios de televisión porque una reconocida marca de cosméticos utilizó una canción suya.  El eco hizo que una amplia audiencia se interesara por ellos y llevan desde el año 2003 en acción.  Lo último que se supo de ellos fue en 2016.  Somerset, disco aparecido en 2006, es el que incluye esa September Rendezvous que suena en el programa de hoy.
Estamos en la recta final del espacio de hoy y continuamos en Gran Bretaña, ahora con uno de esos grupos que cultivaron un Pop-Rock eminentemente sereno y tranquilo: The Pale Fountains.

También conocidos sin el artículo, Pale Fountains fueron defensores de un Pop calmado a principios de los años 80.  Llegaron desde Liverpool, ciudad musical por antonomasia, en el año 1981, con el cantante, compositor y guitarrista Michael Head al frente.  El grupo grababa su primer LP en 1982 titulado Pacific Street.  Por ciertos imponderables el álbum no saldría hasta 1984.  Un segundo disco vería la luz en 1985 y ese es el que nos sirve para seguir con otra canción septiembrentera: September Sting aparecía como parte de ...From Across the Kitchen Table.


  
Y ya sí llegamos al punto y final por hoy y lo hacemos con un músico querido, muy querido por el Cíclope: Robert Wyatt.

Infatigable en su constancia, a pesar del accidente que le dejó en una silla de ruedas que le impidió seguir tocando la batería, Robert Wyatt continuó y sigue haciendo música, tocando el piano, la trompeta...lo que sea.  Sigue cantando, con uno de los timbres de voz más peculiares que se conocen.  En 1997 publicaba el álbum Shleep rodeado de colegas del mundo de la música y amigos dispuestos a transitar por los caminos de la diversidad si les solicitaba su presencia un músico como Wyatt.  En el disco intervienen, entre otros, Brian Eno, Paul Weller o Phil Manzanera.  El tema que sirve para cerrar este Especial Mes de Septiembre, el titulado September the Ninth, El 9 de septiembre que he traducido en la locución como Septiembre el noveno mes (¡qué cabeza!) tiene la intervención de Evan Parker en el saxo tenor y Annie Whitehead en el trombón.


Evan Parker







Annie Whitehead




Robert Wyatt canta, toca los teclados, la guitarra bajo y la percusión.  Final repleto de armonías plateadas, habituales en la música de este veterano de la música.

Espero que te guste el programa.

Enlace:



jueves, 9 de septiembre de 2021

Cíclope 3.0 - 07-09-21 - Especial Dead Can Dance # 1

 


Arthur Kampf
 - Danza Macabra - 1949


Cíclope 3.0 del martes 7 de septiembre de 2021, primer programa de la nueva temporada, y primer espacio Especial Discografía, hoy con la primera entrega del Especial Dead Can Dance.


Dead Can Dance llegó a Europa desde Australia, donde el proyecto vio la luz en el comienzo de la década de los años 80 del siglo pasado.  La idea primigenia, la génesis estuvo en la cabeza de Brendan Perry, músico, intérprete y compositor originario de Londres que por causas del Destino estuvo viviendo y trabajando en Australia, en concreto en Melbourne, lugar donde comenzó a gestar una labor musical representada a través de grupos como The Scavengers, posteriormente rebautizados como The Marching Girls, y con la misma constante para ambas formaciones: no consiguieron contrato discográfico alguno.  Eran los últimos años de la década de los 70, y Perry, multinstrumentista que manejaba con soltura la guitarra tanto eléctrica y acústica y un sin fin de instrumentos de percusión, ya pensaba en un proyecto más ambicioso.  Es la época en la que entra en contacto con una mujer australiana que vivía precisamente en Melbourne, donde estaba Perry, una compositora e intérprete llamada Lisa Gerrard que había crecido en el barrio multirracial de East Prahan.  Hija de inmigrantes irlandeses había convivido entre las culturas griega, turca, italiana, irlandesa y árabe, un crisol de diversidad que influiría de forma clara, transparente y diáfana en su forma de componer e interpretar su propia música.  Su característica principal es la voz, descrita como profunda, rica, triste y alegre, oscura y luminosa.  Su registro vocal es de contralto, pero ella la extiende hasta el registro de mezzosoprano.  En ocasiones llega a utilizar el lenguaje conocido como idioglosia o lenguaje idiosincrásico que, en su caso, desarrolló desde los 12 años de edad, algo que le permite interpretar con una riqueza musical amplia diferentes influencias de la música y matices de otros idiomas.  Algo parecido a la ecolalia desarrollada por Elizabeth Fraser de Cocteau Twinscompañera de escudería en el sello discográfico 4ADLisa Gerrard también perteneció a otros proyectos musicales antes de entrar a formar parte fundamental de Dead Can Dance.  A finales de los 70, sobre 1978 ó 1979, estuvo al frente vocal de la banda australiana Microfilm.  

Con ese encuentro entre Perry Gerrard la base de Dead Can Dance se había forjado y aunque también influiría la presencia de otros elementos del grupo como Peter Ulrich, la esencia fue y sería la doble columna vertebral entre ambos.


En 1981, Dead Can Dance veía la luz, la idea floreció y con el binomio Perry/Gerrard más los músicos australianos Paul Erikson, guitarra bajo y Simon Monroe, batería, la banda comenzó su andadura.  Actuaciones en vivo, cierto eco de sus formas musicales, temporada 1981-82... pero no parece haber futuro en la tierra de los canguros por lo que el capitán del barco, Perry, decide trasladarse a mediados de 1982 con todo el equipo a Londres, donde los márgenes para desarrollar un proyecto como el de DCD puede encontrar mucha más cancha.  Erikson y Monroe no están de acuerdo y se quedan en Melbourne.  Gerrard y Perry recalan en una ciudad y en un ambiente con los que tienen que interactuar.  Ciertos contactos con otros músicos comienzan a abrirles puertas de acceso y así hay ocasiones en las que están 4 miembros tocando, ensayando.  Otras veces llegan a ser 9.  Entre los candidatos uno que hace buenas migas con la pareja recién llegada, Peter Ulrich, multinstrumentista y miembro casi fijo de la formación.  Estaría en las primeras actuaciones en vivo del grupo, y estaba presente cuando una noche tras un concierto se les acercó un oyente entusiasmado con su música.  Esa mezcla de goticismo con toques étnicos, esa oscuridad luminosa...  Sí, les había gustado muchísimo y querría hablar de negocios con ellos.  Si les parecía bien se podían ver a la mañana siguiente en las oficinas del sello discográfico que él representaba.  El admirador en cuestión era Ivo Watts-Russell y su sello discográfico 4AD.  La buena suerte estaba del lado de Perry y compañía a su llegada a Inglaterra.



 

Asignar un género musical a DCD es bastante difícil por no decir que es inclusive innecesario.  ¿Qué es lo que hacen?  Música.  Puede parecer una perogrullada pero es que es verdad: lo que hacen es Música, música eterna, como se titula una de sus composiciones, música multi-influida por diferentes culturas y raíces, pero música, sin ningún tipo de matrícula, inmenso dolor de cabeza para las personas encargadas de posicionar sus discos en las diferentes categorías de los muebles de discos en la sección de Música de unos grandes almacenes.  Pero ningún inconveniente para ti, que lo que te interesa es que la música te comunique algo y en el caso que nos ocupa comunica no algo sino muchísimo.

El primer álbum de Dead Can Dance se publicaba el 27 de febrero de 1984 con una formación capitaneada por Brendan Perry, guitarra eléctrica, teclados, guitarra bajo, voz y yangquin; Lisa Gerrard, voz y yangquin; Scott Rodger, guitarra bajo; James Pinker, multinstrumentista y Peter Ulrich, batería y percusión.  Cinco miembros principales más cuatro colaboradores circunstanciales dan un total de 9 miembros para el primer LP de la banda, un disco con una triple dedicatoria de agradecimiento: a Ivo Watts-Russell por haber creído y apostado por ellos desde el comienzo haciéndolo realidad con un contrato con la 4AD, a Robin Guthrie, guitarra de Cocteau Twins por sus consejos y amistad y al diseñador gráfico Vaughan Oliver que trabajó durante años con el equipo de diseño 23 Envelope y por lo tanto con el sello 4AD.  De la producción del disco se encargaron todos los miembros del grupo.  La portada del disco representa una máscara tribal de Nueva Guinea, que se pensó utilizar como logotipo de la banda, pero después el logo serían las tres letras iniciales de las tres palabras del nombre en diferentes diseños.























El primer disco de DCD sirvió para catalogarlos como músicos pertenecientes al Rock Gótico, ubicados en la incipiente Ola Oscura, Dark Wave, por albergar sonidos y estructuras relacionadas con dichas corrientes dentro del Rock y por toda la metáfora que irradian sus composiciones tras el tema con el que se abre el disco, The Fatal Impact, el estallido de una bomba y la melodía interpretada por instrumentos, sin voz.  ¿Qué queda?  El paisaje después de la explosión de un obús, y la muerte que puede bailar.  Pero no, ni rock gótico ni, menos aún, traducir el nombre del grupo como una alusión a muertos o muerte que puede bailar.  Perry y compañía se desvinculan de cualquier goticismo así como de otros conceptos siniestros.  Dead Can Dance significa poner vida nuevamente dentro de algo que está muerto, o que hace mucho tiempo no ha sido utilizado.  Según declaraciones del binomio Perry/Gerrard el nombre del grupo nace de un extenso proceso de meditación ante la necesidad de inyectar nueva vida a estructuras de música e instrumentos que se pueden considerar como muertos y obsoletos.  Es precisamente esta interpretación la que justifica la utilización de toda una gama de elementos musicales comunes como lo son la guitarra, los teclados, los instrumentos de percusión, los sintetizadores, hasta otros de matices mucho más clásicos como la gaita, el violín, el violonchelo la tuba, la zanfoña o el yangquin, un instrumento que tocan tanto Brendan Perry, Lisa Gerrard o Peter Ulrich.



Yangquin es un salterio utilizado en China.  Su origen es Oriente Medio, en Persia, en lo que actualmente es Irán.  Se toca con unos mazos finos, como cualquier salterio.




Será un sonido, el del yangquin, reconocible en casi todos los discos que dejan grabados Dead Can Dance.  Ningún álbum posterior al disco de presentación va a tener un perfil más cercano a las formas posteriores del Punk como lo hizo ese vinilo de debut.  Se mantendrán una serie de características como la interpretación a medias de las composiciones cantadas unas veces por la voz masculina y otras por la voz femenina.  En ocasiones cantarán a dúo.  La otra constante, fundamental, el eclecticismo.

1984 será su año productivo por excelencia: se publica el primer disco del grupo, contribuyen con dos temas en el  disco It'll End in Tears, primer álbum del laboratorio musical This Mortal Coil, y en agosto de ese mismo 1984 Perry y compañía publican, desde entonces y siempre con la 4AD, otro disco, en este caso un EP de cuatro canciones bajo el título Garden of the Arcane Delights.



  

Las cuatro composiciones que forman el EP podrían haber formado parte del LP de presentación pero aparecieron así como un disco individual.  En la reedición de los discos en CD aparecería junto al álbum en un CD publicado en 1988.  En Japón lo hizo en 1987, un año antes.  El mercado japonés no tiene nada que ver ni con el americano ni con el europeo.  Ambos discos, el primer LP y este EP, forman la mayor parte del contenido del programa de hoy, la primera edición del Especial Dead Can Dance en Cíclope 3.0  El otro disco con el que además cerramos el espacio de hoy es el segundo álbum de DCD, Spleen and Ideal.




Grabado entre septiembre y noviembre de 1985, Spleen and Ideal se publicaba en diciembre de ese año.  Entre los miembros de la banda se mantienen como es obvio el dúo Perry/Gerrard.  Permanece Peter Ulrich y se suman hasta un total de 7 colaboradores entre los que se encuentran el guitarrista y violonchelista Martin McCarrick, que pasaría por las filas de Siouxsie & The Banshees y el proyecto de Marc Almond llamado Marc and The Mambas.

Con este Spleen and Ideal DCD se sumerge por completo en la embriagadora mezcla de tradiciones musicales que definirían su sonido y estilo durante el resto de discos que van a recoger su producción.  Según el historiador de música australiano Ian McFarlane, el estilo de Dead Can Dance se puede describir como 

paisajes sonoros construidos de grandeza fascinante y solemne belleza; polirritmias africanas, folklore gaélico, canto gregoriano, mantras de Oriente Medio...

La identificación del grupo con una gama de sonidos vinculados con la Europa medieval comienza aquí, en este disco, en sus claras referencias místicas de las canciones, en sus títulos, las referencias al latín, los coros, todo contribuye a desarrollar una idea que está más allá de los conceptos limitados de álbum o grupo que están enclavados en la simple revitalización de la música antigua.  Es mucho más y eso lo han ido desarrollando a través de una discografía rica y variada que vamos a ir escuchando a lo largo de los especiales que les vamos a dedicar aquí, en Cíclope 3.0

Por hoy terminamos.  Espero que te guste el programa.


Enlace:

https://www.radio.tomares.es/blog/ciclope-30-07-09-21 




martes, 3 de agosto de 2021

Frederick William Rolfe, Barón Corvo



Frederick William Rolfe, Barón Corvo
 (1860-1913)

El autor que ocupa esta entrada del blog es uno de esos escritores prácticamente desconocidos para el lector medio español, uno de esos autores malditos que existe en la larga nómina de nombres olvidados de la Literatura y que merecen la pena recuperar.

Frederick William Rolfe nacía el 22 de julio de 1860 en Londres.  Hijo de un fabricante de pianos, estudió en Oscott, en St. Mary's College.  Con 15 años se hizo maestro ejerciendo brevemente en el Colegio de Grantham, en Lincolnshire.  Su caligrafía, delicada y colorida (utilizaba tintas de diferentes tonalidades) más una capacidad aguda y sutil para construir textos de prosa extravagante y laberíntica, comenzó a forjarse cuando contaba 20 años de edad.

En su vida personal ocurrió un hecho fundamental: su conversión al catolicismo en 1886 cuando contaba 26 años.  Esto supuso el punto de fuga de la vocación que le acompañó durante toda su vida, el sacerdocio, vocación que resultó frustrada y que nunca llegó a realizarse.  En 1887 ingresó en el seminario de Santa María de Oscott y en 1889 estudió en el Scots College de Roma, instituciones de las que fue expulsado por su comportamiento errático motivado por la insolvencia a la hora de pagar el importe de las clases: vivía con un ritmo de vida por encima de sus posibilidades.  

Por aquella época, las últimas décadas del siglo XIX, Rolfe entró en contacto con el círculo de amistades de la duquesa Sforza Cesarini, una inglesa de nombre Caroline Shirley, nacida en 1818 y fallecida en 1897, que se casó con un aristócrata italiano a la edad de 18 años.  En 1890 conoció a Rolfe del que se compadeció al saber de sus cuitas académicas.  Lo adoptó como nieto y le concedió el título de Barón Corvo, convirtiéndose desde ese momento en el pseudónimo más utilizado por el autor.  El alias más usado, porque tuvo otros:

  • Rose (o Rolfe) - como clérigo tonsurado
  • Rey Clement (o Barón Corvo) - cuando escribía, pintaba y hacía fotografías
  • Austin White - como diseñador de decoraciones
  • Francis Engle - como periodista
  • Frank English
  • Frederick Austin
En ocasiones rubricaba sus obras con su nombre auténtico, firmando como Fr. Rolfe, cosa que inducía a pensar que la abreviación Fr. quería indicar su condición de clérigo (Fr. igual a Father) pero en realidad tan sólo jugaba con la ambigüedad porque no llegó nunca a ordenarse sacerdote aunque para él era la meta de su vida.  Tan solo era parte de su impostura, aunque llevara la coronilla de su cabeza tonsurada.

A la literatura dedicaría su vida, después de buscar vías de expresión a través de la fotografía y de la pintura.  Cuando comenzó su relación de protegido de la duquesa Sforza Cesarini y pasaba sus días en Roma conoció los trabajos de dos fotógrafos que influirían profundamente en su forma de entender el arte fotográfico: el barón Wilhelm von Gloeden (1856-1931) fotógrafo alemán que desarrolló su carrera principalmente en Taormina, Italia, conocido por sus estudios de desnudos de jóvenes sicilianos que aparecen generalmente con poses muy cuidadas, en marcos de referencias clásicas; la otra figura del arte fotográfico que le influyó fue Wilhelm Plüschow, alemán emigrado a Italia que italianizó su nombre en Guglielmo Plüschow (1852-1930).  Alcanzó fama con sus fotografías de desnudos de jóvenes italianos, pedrominantemente muchachos, aunque también fotografió a mujeres jóvenes.  

El seminario en el que estudiaba Rolfe en Roma, el Scots College, estaba en la calle Sardegna, muy cerca de Vía Veneto.  En dicha calle, Plüschow tenía su estudio de fotografía y cuando Rolfe fue expulsado del seminario comenzó a frecuentar el domicilio del fotógrafo cuya obra le impresionó tanto como para seguirle fielmente.  Aunque Plüschow fotografiaba mujeres el tema central de sus instantáneas era el desnudo masculino, muchachos jóvenes italianos que aparecían en poses de carácter clásico griego y romano.  Lo mismo ocurría con la obra del otro referente fotográfico, Gloeden.



Guglielmo Plüschow (1852-1930)


 

Fotografía original de 
Guglielmo Plüschow



Wilhem von Gloeden
 (1856-1931)




Foto original de Wilhem von Gloeden


Rolfe estuvo interesado en la fotografía toda su vida, pero en la práctica no pasó de ser una vía de expresión.  Se hizo amigo de un grupo de ragazzi locales de Genzano, con quienes exploró el campo local.  Desarrolló con cierta destreza técnicas de color y fotografías subacuáticas pero progresivamente fue perdiendo interés y los modelos que posaron para sus creaciones fotográficas se convirtieron en personajes de sus relatos y novelas.  


































Dos instantáneas realizadas por Rolfe, con modelos en posturas menos explícitas que las que retrataban sus admirados Plüschow y von Gloeden.  Sus trabajos fotográficos se recogieron en la obra The Photographs of Frederick Rolfe, Barón Corvo 1860-1913, de Donald Rosenthal, que se publicó en 2008 

Otra de las vías de expresión que utilizó fue la pintura que cultivó en la década de los 90 del siglo XIX.  Era habilidoso y realizó diferentes encargos con temática religiosa, además de diseñar la cubierta de varios de sus libros con dibujos y pinturas de su creación.
Italia fue un crisol de influencias para Rolfe, una fuente sin fin de inspiración.  Tuvo mucho que ver el amparo que le ofreció la duquesa Sforza CesariniCaroline Shirley.  Lo invitó a pasar el verano en el Palazzo Sforza Cesarini en Genzano di Roma, en las afueras de la capital, donde obtuvo una visión duradera de la historia y el carácter italianos.  
De vuelta a Inglaterra, Rolfe tenía tres aspectos de su vida absolutamente claros, trasparentes y diáfanos como la luz del día: su vocación frustrada de sacerdote, su vocación como escritor y su homosexualidad.  Su orientación sexual, explícita, no le dio problemas.  Lo tenía asumido y nunca provocó el más mínimo escándalo aunque, al final de su vida como ya veremos, adquirió ciertos tintes siniestros.
La duquesa Sforza Cesarini, durante la estancia de Rolfe en Italia, lo amparó económica y humanamente, pero cuando su protegido volvió a su país le retiró toda asignación y perdieron el contacto.  Comienza entonces una larguísima lista de penurias para el Barón Corvo que se verá en la tesitura de pedir dinero prestado a amigos para poder subsistir con la firme promesa de devolver los montantes debidos una vez recibiera los importes por derechos de autor.  Desgraciadamente dicha retribución por su labor como escritor nunca llegó a cubrir las deudas y siempre anduvo retrasado en sus pagos.  
La primera obra que publicó data de 1880, Tarciso, el muchacho martir de Roma en la Persecución Diocleciana.  Italia será el marco protagonista de sus primeras obras literarias, de Italia se llevaría en el corazón la memoria de aquellos muchachos que sirvieron como modelos en sus fotografías y a los que inmortalizaría en las narraciones que forman Las historias que Toto me contó (Stories Toto Told Me), de 1898, una colección de seis historias que posteriormente extendió a treinta y dos y que serían publicadas de nuevo con otro título, A su propia imagen (In His Own Image), de 1901.  Narra las excursiones que realizan a pie por la campiña italiana Don Friderico (alter-ego de Rolfe) junto a su acólito adolescente de 16 años Toto, que mientras caminan relata cuentos de santos que se comportan como dioses paganos.  Las historias están cargadas de superstición y de elementos católicos; los santos que aparecen son hedonistas, vengativos aunque no licenciosos y están totalmente cómodos con la desnudez, cosa diametralmente opuesta al ideal de santidad católica.
Este es el comienzo literario del Barón Corvo cuya producción traducida al español es mínima con respecto al total de las obras que dejó.  
La primera vez que se tuvo oportunidad de oír hablar del Barón Corvo en España fue en 1982 cuando la editorial Seix Barral publicó En busca del barón Corvo.  Un experimento biográfico, de A.J.A. Symons, con traducción de Jordi Beltrán.




Esta es una edición para amantes del coleccionismo porque la misma traducción de Jordi Beltrán vería la luz en el año 2005 en la editorial Libros del Asteroide, viendo una segunda edición después por el mismo sello en el año 2019.






Alphonse James Albert Symons (1900-1941) fue un escritor y bibliógrafo inglés.  Hijo de  inmigrantes judíos nacidos en Rusia, fue autodidacta y en su juventud ejerció de aprendiz de peletero.  Pero su pasión eran los libros y en 1922 fundó el Club de la Primera Edición para publicar ediciones limitadas y organizar exposiciones de manuscritos y libros raros.  En 1924 publicó una bibliografía de las primeras ediciones de las obras de Yeats.  Entre las biografías que dejó están Emin, gobernador de Equatoria, sobre la figura de Mehmet Emin Pasha, médico, aventurero, naturalista, explorador alemán y gobernador de la provincia egipcia de Ecuatoria, en la región del Alto Nilo; Biografía de Henry Morton Stanley, sobre la figura del famoso explorador británico y sus incursiones en la entonces misteriosa África Central en una de las cuales encontró al desaparecido David Livingstone.  Ninguna de las dos obras recaló con mucho brillo entre los lectores, sin embargo, cuando en 1934 publica En busca del barón Corvo. Un experimento biográfico su nombre adquiere ecos de importancia porque su obra más allá de una simple y mera biografía.  La narración de 
En busca del barón Corvo está estructurada como una investigación detectivesca: en vez de ser una sucesión cronológica de hechos que van trazando el camino desde el nacimiento hasta la muerte del autor investigado, lo que se va organizando son una serie de aspectos contados tanto por personas que le conocieron en vida, algunos incluso que llegaron a trabajar con él, y por las cartas que se cruzan en la investigación de Symons, relación epistolar de Rolfe con diferentes amigos y conocidos, algunos de los cuales vivían aun cuando el autor de la biografía estaba organizando el relato de los hechos.  A su vez, Symons entabla una correspondencia fluida con personas a las que les ha llegado la noticia de que se está gestando una biografía sobre la figura del barón Corvo y se ponen a disposición del responsable de dicho proyecto por si pueden aportar algo.  Testimonios que van a funcionar como esas pruebas inconexas en una investigación y que un día adquieren sentido y significado.   Todo ayuda a descubrir diferentes matices del perfil relacionados con el carácter de Rolfe.
El barón Corvo era, y es, un autor desconocido, uno de esos escritores raros por los que sentía especial predilección el autor de su biografía.  El mismo Symons, al comienzo de su obra sobre Rolfe, lo confiesa:
   Mi búsqueda de Corvo empezó accidentalmente una tarde del verano de 1925, hallándome en compañía de Christopher Millard.  Estábamos sentados en su pequeño jardín, holgazaneando y hablando de los libros que no alcanzan los elogios e influencia que se merecen.  Mencioné "Wylder's Hand", de Le Fanu, una obra maestra en lo que a la trama se refiere, y las "Fábulas Fantásticas", de Ambrose Bierce.  Tras una pausa, sin hacer ningún comentario sobre mis ejemplos, Millard me preguntó: -¿Has leído "Adriano VII"?  Le contesté que no y ante mi sorpresa ofreció prestarme un ejemplar.  Digo que ante mi sorpresa porque mi compañero prestaba sus libros en muy raras ocasiones y siempre de mala gana.

Symons dedicó gran parte de su energía a la buena vida.  En 1933, un año antes de escribir y publicar la obra sobre Frederick William Rolfe, fundó la Wine and Food Society, una organización que se dedicaba a establecer categorías entre las cocinas de los restaurantes y bodegas de Inglaterra y del resto de Europa.  Fallecía en 1941 de un tumor en el tronco del encéfalo.  Dejó varias obras sin acabar entre otras una esperada biografía de Oscar Wilde que quedó incompleta. 

No es necesario leer En busca del barón Corvo antes de leer al mismo barón Corvo pero sí aconsejable, puedo afirmar que imprescindible una vez se conozca su literatura, su producción narrativa extraordinariamente escasa en su traducción española.

Ahora es momento de centrarnos en la primera novela de Rolfe que vio la luz en nuestro país, la misma obra que conoció su biógrafo A.J.A. SymonsAdriano VII.






En 1988, la editorial Siruela a través de su colección EL OJO SIN PÁRPADO publicaba Adriano Séptimo, la novela más famosa de Rolfe, publicada a principios del siglo XX, en 1904.  Traducida por Ana Poljak apareció con el diseño de cubierta que hizo para su primera edición el mismo autor.
Las narraciones de Rolfe tienen como punto de fuga, habitualmente, un hecho de su vida, acontecimientos ocurridos que o bien sublima o bien somete a catarsis para asimilarlos, si es que podía.  Sus dos grandes referentes vocacionales fueron la literatura y el sacerdocio.  Este último, vocación frustrada porque no pudo ordenarse sacerdote al no acabar sus estudios en el seminario por motivos económicos como ya se ha dicho más arriba, le serviría para cargar de veneno las tintas coloreadas que utilizaba para escribir en sus cuadernos y redactar una historia que partía de la realidad para levantar todo un disparate de ficción: George Arthur Rose (especie de alter ego de Rolfe) un humilde inglés que vive en un suburbio londinense, es rechazado en sus pretensiones de ser ordenado sacerdote.  Un día recibe la visita de ciertos superiores del Estado Vaticano dispuestos a rehabilitarlo para que finalice sus estudios en el seminario y pueda ser ordenado sacerdote.  Sienten mucho lo ocurrido, etc, etc.  Pero lo que George Arthur Rose ignora son los intereses y las causas por las que se producen tanto esa visita como todo lo que significará la institucionalización de su voto como sacerdote, la rapidez con la que terminará sus estudios de sacerdocio y la ceremonia de ordenación.  Hechos tan ligeros como la labor del barbero que le cortó los pelos de la coronilla para hacerle la tonsura.  Sí, prisas, porque el Cónclave, reunido en la Capilla Sixtina, no consigue la fumata blanca.  Se mantiene la fumata negra.  No hay posibilidad de encontrar una figura que pueda adaptarse al papado, no se ponen de acuerdo.  Y sólo se les ocurre rescatar, del pasado inmediato, la figura de aquel estudiante llamado George Arthur Rose.  Y llegará a Papa con el nombre de Adriano, escogido porque Adriano IV fue el único Papa inglés y Adriano VI el último Papa no italiano (era de origen neerlandés).  Así que George Arthur Rose será el Papa Adriano VII, y se embarcará en un programa de reformas eclesiásticas y geopolíticas comenzando por vender todos los tesoros que posee el Vaticano para poder compartir las riquezas con los pobres, siguiendo literalmente las enseñanzas del Maestro.
Adriano Séptimo es, probablemente, la obra que mejor recoge ese espíritu vengativo incruento por parte de Frederick Rolfe: hace desfilar a todos los que, según él, le hicieron imposible acabar sus estudios en el seminario, desde profesores a directores, pasando por jefes de estudios.  Todos los personajes son reales y aparecerán con los nombres y apellidos debidamente cambiados para poder volcar sobre esas figuras toda la rabia y acidez de los comentarios del autor, dotado de una elocuencia extraordinaria para trenzar una prosa laberíntica que no lleva a la carcajada pero sí a la sonrisa cómplice.  El poeta y ensayista W.H. Auden estimaba más las cartas que escribió Rolfe que su obra de ficción.  Decía que el Barón Corvo
tenía todo el derecho a estar orgulloso de sus garras verbales...  Un gran vocabulario es esencial para el estilo insultante y, Rolfe, a base de estudio y constante práctica se convirtió en uno de los grandes maestros del vituperio

Italia ocupaba un rincón amplio en el corazón y el alma del Barón Corvo.  En su haber tiene uno de los mejores trabajos que se han realizado sobre los Borgia, Crónicas de la Casa de los Borgia (Chronicles of the House of Borgia) de 1901 e Italia estaría presente en un gran grueso de su producción.

En Inglaterra se sentía agobiado por su situación, además de incomprendido, menospreciado, siempre pidiendo, solicitando ayuda económica.  En el año 1907 vuelve a Italia en compañía del profesor y arqueólogo R.M. Dawkins.  Sería el principio del fin de su vida.  Seguiría dando sablazos a diestro y siniestro: escribía cartas despóticas a sus amigos ingleses, a sus editores en Inglaterra, exigiendo adelantos por los manuscritos que iba a enviar.  Agotó las posibilidades de continuar una relación mínimamente sana con el profesor Dawkins a quien desplumó concienzudamente hasta que se negó a seguir pagándole estancias en hoteles y comidas pantagruélicas regadas con vinos de primera. 

  De 1909 data El deseo y la búsqueda del todo (The Desire and Pursuit of the Whole) publicada años después en Londres, en 1934.  Venecia ocupada por turistas ingleses, excéntricos, diletantes, que pululan por las calles y canales de la ciudad.  Partiendo de una frase de El Banquete de Platón, la misma que él utilizó para bautizar su obra, en la novela el amor designa el deseo y la búsqueda del Todo.  Los protagonistas, Nicholas Crabbe (seudónimo del mismo Rolfe)  y Zildo, una muchacha andrógina que puede ser un muchacho, viven una historia de amor, columna vertebral de la narración.


Que la obra de Frederick Rolfe está mal tratada en España es un hecho, una realidad.  ¡Ojo!  Mal tratada significa que tan sólo hay dos obras suyas publicadas, no que esté mal traducido, todo lo contrario.  Tanto Adriano Séptimo reseñada más arriba como ésta, El deseo y la búsqueda del Todo, publicada por Valdemar en su colección Planeta Maldito en el mes de abril del año 2003, con traducción de Marta Pino Moreno, están magníficamente pasadas a nuestro idioma.

Es lo único que hay en español de la producción del Barón Corvo, de su narrativa de ficción porque también en el corpus de su producción se incluyen sus cartas, inéditas hasta el momento, la correspondencia que cruzó con otras personas relacionadas con el mundo de la cultura, cartas que muestran con claridad meridiana el perfil de nuestro hombre, de carácter particularmente difícil: sus trastornos psicológicos, su cuadro maniaco-depresivo, la paranoia que lo persiguió a lo largo de su vida, que motivó que algunos libros no vieran la luz sino después de haber fallecido.  Hubo proyectos de ediciones de obras que trabajó a medias con otras personas que se comprometían a aportar el capital necesario para que dicho libro viera la luz.  El apoyo se vería reflejado en la portada del libro donde los nombres de ambos aparecerían compartiendo autoría, cosa que para Rolfe significaba que, en el fondo, lo que querían era usurpar su figura y que el otro adquiriera la categoría de autor único.  O él mismo, Rolfe, era el que sugería que el nombre de su benefactor estuviera presente en la cubierta, para después desdecirse a través de cartas insultantes en las que rechazaba todo, ayuda y buenas intenciones.



El barón Corvo en una de las estancias en las que vivió en Venecia


Se relacionaría con el núcleo de ingleses que vivían en la ciudad de los canales.  Derrocharía el dinero que lograba por prestamos de amigos y lo gastaría, por ejemplo, en comprarse una góndola con la que recorría los canales realizando, a veces, actos altruistas transportando a personas necesitadas hasta el Hospital o a quien tenía que llegar a una cita para la que ya llegaba tarde.  Utilizaba las aguas de los canales como piscina: se desnudaba y se sumergía para nadar un rato.  En parte se asemejaba a Lord Byron que, cuando pasó un tiempo en Italia, al vivir unos meses en Venecia, cuando le invitaban a una cena y le ofrecían una góndola para que le recogiese, daba las gracias asegurando que llegaría por sus propios medios.  Sus propios medios no eran otra cosa que recorrer la distancia que le separaba desde su estancia hasta la casa o palacio al que tuviera que acudir, a nado.  Estudiaba los canales por los que tendría que discurrir y una vez planificado, su mayordomo caminaba por las aceras y puentes, siguiendo a su señor, guardando para él un albornoz y toda la ropa y accesorios indispensables para que se acicalara como era su costumbre inmediatamente antes de llegar a la cita concertada.  A Rolfe, tal vez, le hubiese gustado tener un ayuda de cámara como el que tuvo Byron, pero se contentaba con enredar los pies en las algas subacuáticas de los canales y en dormir al raso en su propia góndola, abrigándose con pieles de fieras africanas.
Podría haber terminado sus días como un excéntrico, una figura extravagante que no congeniaba muy bien con sus paisanos asentados en Venecia, un escritor inglés cuyo reconocimiento del arte literario que había cultivado se reconocería cuando ya no pudiese disfrutar del eco de los aplausos tardíos, pero en vez de eso, con su actitud al final de sus días, dio argumentos a sus detractores: comenzó a ejercer de proxeneta y a tejer una red de chaperos en Venecia para satisfacer el apetito perverso, la lascivia de ciertos turistas extranjeros que buscaban experiencias decadentes en la ciudad más lánguida por antonomasia.  Una tarde/noche, al volver a la pensión donde vivía, cayó desplomado ante su cama: era el 25 de octubre del año 1913, y el barón Corvo dejaba de existir con 53 años.  Nos queda su obra, brillante, una mirada colorista y lúdica, oblicua, sobre la Vida y mucho más.