miércoles, 14 de noviembre de 2018

Nathaniel Hawthorne





Hace tiempo que no había ninguna entrada relacionada con libros y lecturas en éste blog.  El motivo es muy sencillo: desde mediados del mes de septiembre hemos andado un poco de cabeza en casa porque hemos estado de obras.  Como dice la popular maldición gitana: ¡Anda y ojalá entren por tu casa los albañiles!  Nada que objetarle a los albañiles que terminaron su trabajo magníficamente.  Lo peor fue tener que aislar las rejillas del aire acondicionado y no poder utilizarlo durante casi 15 días, con las temperaturas y el calor que han hecho en el Sur éste año.  El famoso Calor del Membrillo del mes de septiembre ha hecho un auténtico Auto de Fe, digno de estudio para los meteorólogos.  Pero, déjame que te cuente una historia, una historia basada en hechos reales.
Toda la obra de reforma que hemos realizado en el piso ha sido provocada por la infame gestión de unas decoradoras, primero una, luego la otra, independientes, sin relación entre ellas, a las que acudimos después de mudarnos y tras haber planteado posibles diseños que no terminaron de convencernos.  Llegamos a sentirnos incapaces de gestionar una posible distribución del espacio, por lo que decidimos acudir a profesionales especializados en el tema.  Utilizaré nombres de ficción para que no se vayan a molestar segundas o terceras personas, pero los hechos, los sucesos acaecidos, fueron tal como te los voy a intentar narrar.  Hecha ésta puntualización, comencemos por la primera decoradora, Elizabetha de Vichí-Vichó, vinculada al grupo de Decoración Jasonia, ya desaparecido.  Tenía sus propias ideas de lo que es estético, aunque eso vaya en contra de lo práctico.  Graciosa, pizpireta, con cierto sex appeal, era divertido verla llegar a la obra primitiva que realizamos en el nuevo piso, meses antes de mudarnos.  Los albañiles, nada más verla, sufrían un endurecimiento de su ser y aunque continuaban trabajando siempre lo hacían bajo el arco gravitatorio de un ataque de priapismo.  A Elizabetha le pedí unas estanterías desde el suelo hasta el techo para ubicar los libros en mi habitación.  Testaruda como una mula, afirmó negando: -No, hasta el techo, no, porque eso es anti-estético.  Se le dejará un margen estrecho en la parte superior y será como si estuviera hasta arriba.
Presentó un proyecto que, sobre el papel, parecía quedar más o menos bien.  Y se hizo siguiendo sus directrices decoradoras.  ¿De dónde sacaría la idea?  ¿Hay algo parecido?  Sí, en Alemania, en Berlín, en la tristemente conocida Opernplatz donde los nazis quemaron las obras de Sigmund Freud o Heinrich Heine, entre otros autores.  Actualmente es la Plaza Bebel, Bebelplatz.



Berlín - Monumento en Memoria de los Libros Quemados

La biblioteca que levantó en mi habitación era también blanca, solo que las esquinas de la L de las estanterías estaba anulada para, según ella, aprovechar el espacio.  Eso significa que los libros se ponen ocupando todo lo largo de la balda, pero la continuación de la fila de libros tapa el extremo de una hilera, con lo que hay una serie de libros cuyos lomos desaparecen.  Buscar algunos títulos era como vivir una maldición bíblica ante la imposibilidad de encontrarlos.  Los espacios de la estantería tenían el tamaño de un ataúd para niños, se asemejaban a las cavidades practicadas en las  catacumbas que se pueden visitar en Roma.  Que las baldas eran recias, macizas, capaces de soportar el peso de una persona saltando encima con los pies juntos.  Le aseguré a la ínclita que, a pesar de que los libros están vivos no suelen hacer ejercicio y menos aún saltar de un lado a otro de la biblioteca.  Era como si le hablara a un bloque de granito.  Simplemente no escuchaba.  La mesa que había diseñado Elizabetha formaba una especie de apéndice de la estantería desde el extremo izquierdo; por la derecha se unía a una estantería con tan sólo dos baldas, un ejercicio perfecto para mostrar qué se debe hacer para perder espacio.  Eso sí, la mesa no era blanca sino marrón...marrón madera.  La guinda de todos esos elementos la puso el sillón de escritorio: blanco (cómo no), de piel.  Así nos lo vendió: de piel.  Con un bote de cristal que contenía una crema especial para cuidar tan delicado material.  Sí.  Durante diez años hemos creímos que habíamos comprado un señor asiento para la mesa de mi estudio, un asiento de piel blanca.  Con el uso, el roce con una esquina de la pared, produjo un corte, un "siete" en la epidermis del sillón.  Hace un mes escaso llamamos a un tapicero (es un capítulo aparte, el Tapicero) que nos habían recomendado.  Le comentamos que queríamos tapizar un sillón, bla, bla, bla...  Vale, quedó en venir por casa.  Llegó, miró alrededor y preguntó que dónde estaba lo que había que tapizar.  Asombrados le señalamos que lo tenía ante él.  -¿Esto? -exclamó- Ustedes me dijeron que era piel y esto es de escay.  Fue lo único que faltaba para detestar aún más la memoria de Elizabetha de Vichí-Vichó: el timo del sillón de escritorio, vendido como asiento de piel, por el que pagamos un dineral, ahora, al cabo de diez años, nos enterábamos que en realidad era de simple y sencilla piel de escay.  Pero volviendo a la malvada Elizabetha, acabó sus funciones como decoradora con aquel trono de tejido falso.  No supimos nada más de ella, ni ganas de volverla a ver.  El trabajo realizado estaba hecho y poco más se podía añadir.  La estantería ocupaba dos paredes de la habitación.  Dos y media.  Cuando terminé de colocar los libros y me senté ante la mesa escritorio llegué a la triste y siniestra conclusión de que aquello no me gustaba.  La biblioteca parecía un fragmento de las catacumbas que se pueden visitar en la Via Appia de Roma; la mesa...la mesa en realidad era una tabla estrecha en la que apenas cabía el teclado del PC y un bloc con bolígrafo.  Todo estaba desordenadamente amontonado a un lado del monitor del ordenador, que ocupaba una posición estratégica a la derecha, en un rincón que quedaba libre.  Teclear y mirar la pantalla significaba que tenía que estar con la cabeza vuelta, con la consiguiente fatiga porque las cervicales no aguantaban esa tensión durante mucho tiempo.  Un desastre, pero, ¿qué podía hacer?  Había costado un dinero curioso y no era cuestión de liarme a hachazos con el mueble, estéticamente muy bonito (para la decoradora), infame para mí.  Intentando ver el lado positivo de las cosas, al menos tenía un sitio donde poder colocar los libros en orden.  Intenté, a lo largo de los meses y años posteriores, acostumbrarme a esa biblioteca de color blanco-hospital que ni el mismísimo Heraclés sería capaz de dejar caer bajo el peso de su maza.
Recuerdo que un amigo me preguntó si no hubiera sido mejor romper la relación con semejante decoradora y sus secuaces.  Sí, claro que sí, pero fue un tiempo que, por circunstancias laborales, nos encontró desbordados y no pudimos estar más presentes, supervisando los entuertos que nos dejaron.
Y en estas, mientras aceptaba sin remisión que habíamos cometido un craso error al aceptar todo aquel anti-proyecto decorativo, llegó la segunda decoradora: la malvada Ersébet Tharoby, especie de Helena Blavatsky venida a menos.
Fue en la consulta de un médico, una de esas revisiones anuales que debo realizar no recuerdo ahora en qué especialidad.  A mi pareja y a mi nos llamó la atención la decoración del despacho y de la sala de espera, organizado todo con bastante buen gusto, con estética pero sin olvidar la comodidad doméstica y lo práctico.  El doctor o doctora nos comentó que había sido labor de una decoradora, profesional y muy bien considerada según una amplia lista de clientes.  Nos facilitó su número de teléfono, la llamamos y quedamos citados con ella en nuestra casa una tarde, a las 6.
Ersébet Tharoby, con puntualidad suiza, tocó el timbre del portero electrónico de la calle a las 6 en punto.  Segundos después de haber accedido al recinto de la urbanización pulsó el portero electrónico de acceso al bloque: eran las 6 y un minuto con algunos segundos.  Pasaron 5 minutos...10...  Pensé que, probablemente, la habrían llamado al móvil y como en el ascensor no hay cobertura se habría quedado abajo, en el hall, atendiendo la llamada.  Pero transcurrieron 15 minutos y Ersébet Tharoby no tocaba el timbre de la puerta, hasta que casi a las 6 y 16 minutos, por fin, el ding-dong del timbre del piso sonó.  Abrí y me encontré a una mujer despeinada, de cara roja, casi púrpura.  Parecía haber salido de una prueba de resistencia de sonido de amplificadores Marshall reproduciendo, a todo trapo, las discografías completas de Led Zeppelin, Deep Purple y AC/DC, todos en una.  Lo primero que se me vino a la cabeza fue que los ascensores se habían estropeado y que había tenido que subir a pie las diez plantas (sí, vivimos en un décimo piso).  No, no, qué va, en absoluto: tenía claustrofobia y no se podía meter en un ascensor, ni sola ni acompañada, ¡que no!
El primer contacto fue...normal, pero a partir de la segunda visita, donde ya comenzó a ejercer de decoradora, la relación con Ersébet Tharoby pasó a ser considerada con reservas.  Mrs. Tharoby tenía un don especial: hablaba con Dios.  ¿Con dios? -le pregunté con mucho respeto.  No, no: ¡con Dios! -me contestó ella taxativamente, redundando en la D mayúscula- Tengo muy buena relación con Él.  Cuando no sé cómo afrontar un problema como qué lampara escoger, o qué color seleccionar para pintar las paredes, o el tejido más apropiado para unas cortinas o la tapicería de un sofá, entonces le rezo y Él me ilumina y me lleva a la decisión correcta.  ¡Ah! ¿Sí? -pregunté sin la más mínima sombra de ironía pero con toda la estupefacción del mundo- ¡Sí! -respondió ella, con un más que descarado desaire.  Hice un punto y aparte sin poder creer lo que había escuchado porque, soy respetuoso con las creencias de los demás, pero meter a Dios como consejero en una transacción comercial entre profesional y clientes, eso, me resulta como mínimo surrealista.  Ersébet Tharoby volvió a casa y lo hizo con almohadones, mesillas de noche, pantallas de lámparas y reposapiés.  Y siempre subió las 10 plantas del bloque, viniera cargada o no.  Se quedó con mi petición de cambiar, si fuera posible, los huecos de catacumbas que era la biblioteca de mi habitación.  Una de las veces que giró su inframundo obsesivo por casa me dijo (textual) que había consultado el tema de la estantería de mi cuarto y que de cambiarla nada de nada, que estaba muy bien como estaba y que se quedaba así.  Pensé preguntarle si había sido Dios el que le había suministrado una decisión tan tajante, pero me guardé de pisarle la cola al dragón, aunque siempre me ha quedado la duda de si un emisario celeste visitó mi habitación aprovechando mi ausencia y al consultar la nómina de títulos decidió que era mejor dejar las cosas como están, sin ni siquiera entrar en detalles como que el ejemplar de la Biblia está junto a uno del Corán, que están todos los textos Apócrifos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.  Y que, para colmo, hay una edición cuidada, leída, subrayada y anotada por mi de Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont.  Lecturas heréticas.  Mejor que el Don no lo sepa.
Una de las más llamativas características profesionales de Ersébet Tharoby era su incapacidad para las matemáticas más simples.  Un presupuesto detallado de diferentes elementos decorativos, el lunes por la tarde, costaba 600 euros.  Dos días después, no se sabe por qué extrañas artes, pasaba a costar 1.500.  El viernes esos 1.500 euros se habían convertido en 1.850  Suma y sigue.  Su tono era particularmente despectivo, malhumorado.  No tenía ningún empacho en gritar sus ideas, si es que se podían tildar como tales.  Como prolongación de su profesionalidad tenía como principio básico ayudar a otros profesionales de diferentes disciplinas a ejercer el trabajo de la especialidad que hubieran desarrollado.  Así, por ejemplo, ella se encargaba de traer pintores si los necesitabas.  ¿Quién, del Reino Empíreo, la iluminaba para actuar así?  No lo sé.  A casa trajo a un pintor que era particularmente peculiar: pintaba una habitación por etapas, primero una pared, seguía después con el techo del salón, dejando un círculo o un cuadrado sin pintar, para después.  Volvía a la habitación que había dejado a medias, pintaba otra pared, no entera, sólo la mitad.  Seguía en el salón...o en el pasillo...  Hasta que una lejana tristeza chocaba contra su pecho y el pobre hombre se derrumbaba llorando.  Que estaba bajo una fuerte depresión fue el argumento que esgrimió la Ersébet Tharoby.  Que no nos preocupáramos, que traería a otro pintor.  No le dije más pero en el fondo esperaba que quien viniera estuviera, por lo menos, exento de algún trastorno de salud.  Los electricistas que trajo, sin embargo, fueron eficientes, hicieron su trabajo y se marcharon.  Precisamente el último día que trabajaban instalando enchufes en las paredes y puntos de luz en el techo, ese día coincidieron con ella.  Teníamos pendiente la ubicación de dos marionetas antiguas compradas en Bangkok.  Una de las dos marionetas tenía bigote y barba de pelo natural.  Ella, subida en las escaleras, buscaba el mejor sitio donde lucieran mejor.  Resaltaba, con agrado, lo hermosas que eran las dos marionetas, acariciando los pelos naturales de una de ellas y sentí la tentación de explicarle de dónde venían esos pelos.  Me preguntó que qué quería decir y le dije que esos pelos tan suaves eran pelos thailandeses, pelos de axilas.  Ella frunció la cara con un gesto claro y transparente de asco y repugnancia.  La guinda la puso uno de los electricistas que había escuchado la conversación y dijo, con lenguaje prosaico: -¡Vamos!  ¡Que son pelos de sobaco!  Ella se tuvo que sujetar con fuerza a las escaleras porque casi se cae del asco tan inmenso que le dio.  ¿Fue eso lo que provocó el final, glorioso final, de nuestra relación con esta Madame Blavatsky?  Tal vez.  El fin como tal lo puso ella, porque nadie sino ella ponía punto y final a una relación comercial.  Así nos lo hizo saber a través de un e-mail redactado con un tono impertinente y luciferino, ella, que hablaba con Dios.
La pérfida Ersébet Tharoby se fue y la biblioteca de mi habitación continuó ahí un par de años más.  Nunca hice la prueba de saltar con los pies juntos sobre sus baldas, más por temor de caerme y escalabrarme que porque se fueran a romper.  Hice lo imposible por acostumbrarme a su no deseada compañía, pero llegó un momento en el que necesité plantear un exorcismo sobre la mala sombra que dejaron Elizabetha de Vichí-Vichó y los asociados al Colectivo de Diseño y Decoración Jasonia, y por supuesto la indeseable Ersébet Tharoby.  Por cierto, se me olvidaba: los pintores que cubrieron las paredes con tintes y pinturas del Tíbet teñidas con azules de la ciudad de Yodpur, aquellos dos genios que pintaron el piso y que vinieron siguiendo el rastro de la bruja Elizabetha de Vichí-Vichó, casi me olvidaba de ellos.  Lentos hasta la exasperación tuvieron encomendada una única tarea: pintar el piso, absoluta y completamente vacío.  Pintarlo de un solo color.  Después, con el paso del tiempo iríamos redistribuyendo tonalidades y colores.  Pero por ahora, solo pintarlo, de un gris claro, o beige...  No lo sé, no lo recuerdo.  Tardaron 7, siete, 7 meses en conseguir la tonalidad adecuada para embadurnar las paredes.  Siete meses, para pintar un piso vacío.  El último día coincidí con ellos (no los había visto hasta el momento, eran una especie de presencia a la que se citaba pero nunca nos habíamos cruzado), coincidí como digo con los dos: quise saber quién era Leonardo da Vinci y quién Miguel Ángel Buonarroti porque, indiscutiblemente, tenía que tratarse de un par de genios así.  Después de tardar siete meses en pintar un piso, alguna sorpresa tenía que haber: una reproducción del techo de la Capilla Sixtina realizada con pintura fosforescente para que, una vez apagadas las luces, brillara en el techo; las paredes de las distintas habitaciones tendrían reproducciones con figuras lisérgicas de los Upanishads, las doctrinas secretas de la India.  Lo mismo, al rozar las cortinas del dormitorio con las paredes pintadas por los dos maestros sonaba un sitar.  No sé, me fui, antes de que la tensión arterial me subiese más.
A la pregunta: ¿ninguna de las dos opciones dejaron nada aprovechable?  Sí, algo sí.  El equipo infame de Jasonia un par de cajoneras y el forrado en madera de un armario empotrado; una mesa pequeña en el hall de entrada y poco más.  La Blavatsky, una lámpara y un par de muebles pequeños, una mesa auxiliar y la promesa...no...la amenaza de que volvería para terminar bien lo que había comenzado.  No, no volvió, y si cree que tiene alguna oportunidad va lista.
Así que todo se acabó éste año de gracia de 2018, cuando por fin se ha producido el deseado exorcismo: un carpintero de vocación y con una capacidad de trabajo y ejecución excepcional, ha hecho lo que yo quería desde que nos mudamos a éste piso, es decir, una estantería desde el suelo hasta el techo, de madera, donde poder ordenar los libros.  Y una mesa, no una tabla, donde poder sentarme a escribir.  Y un rincón de lectura, con un sillón y una lámpara.
A todo esto, ya puestos, se exorcizaron otras habitaciones.  Las paredes ya se habían limpiado de malos tonos y tintes pero para que desaparecieran las malas sombras había que proyectar luz, dejar entrar la claridad en esas zonas de tinieblas.  En fin, la obra en casa se acabó.  Ahora quedaba colocar a las criaturas de papel en sus baldas, había que sacarlos de las cajas donde se habían guardado.  Ordenar libros, quitarles el polvo, desposeerlos de los indeseables ácaros que destruyen el material del que están hechos, es una ocupación entretenida y, sobre todo, agradecida: uno se re-encuentra con lecturas pasadas, recuerda que esa obra, aquella novela, este ensayo, hay que volver a leerlos.  Se vuelven a pasar las páginas, se miran, uno recuerda cuando leyó ese libro, lo mucho que calaron los poemas de ese autor, de esa poetisa.  Y así, poco a poco, se va recuperando una memoria hecha de recuerdos de papel.
Lo sé, me he extendido enredándome en los hilos de toda la historia que te he contado, pero necesitaba hacerlo.  Al menos para decirte por qué hacía meses que no había ningún libro recomendado en alguna entrada de éste blog.  Como ya estoy justificado, paso a recomendarte, encarecídamente, que leas a Nathaniel Hawthorne.



Nathaniel Hawthorne
 (1804-1864)

Cuando nació en Salem, Massachusetts, el 4 de julio de 1804, su apellido era Hathorne.  El añadido de la W es posterior y las razones son claras: quería desvincularse del apellido paterno tanto en cuanto su bisabuelo, John Hathorne, fue juez involucrado en los juicios de brujas de Salem y nunca jamás se arrepintió de sus acciones.  La W le sirvió como un doble muro quebrado para que nadie le asociara a un antepasado tan deleznable.
De Hawthorne se conocen principalmente sus novelas, entroncadas en lo que se conoce como Romanticismo Norteamericano, un romanticismo obscuro que para algunos lectores lo acerca a su paisano Edgar Allan Poe en las atmósferas góticas que no en el contenido terrorífico.  El mismísimo Poe elogió "el estilo puro, el gusto fino, la erudición inobjetable, el humor delicado, el pathos conmovedor, la imaginación espléndida, la destreza consumada" de su colega de oficio y profesión.  Obras como La letra escarlata o La casa de los siete tejados suelen ser las más conocidas.  Entre sus narraciones más breves (que él llamó Cuentos) se encuentra ésta perla que hoy traemos al blog: La hija de Rappaccini.  Aparecida en 1844, lleva un subtítulo: (de los escritos de Aubépine).  Aubépine es un alter-ego de Hawthorne, su apellido Hawthorn, sin la E, en inglés significa lo mismo que Aubépine en francés: espino.  Monsieur de l'Aubépine es un autor francés del que no se ha traducido nada a excepción de ésta Hija de Rappaccini.  En la introducción a la narración y haciendo una semblanza de dicho autor, la voz de Hawthorne nos dice que
su nombre resulta tan poco familiar a sus propios compatriotas como al estudiante de literatura francesa.  Como escritor, parece ocupar un sitio poco afortunado, a medio camino entre los Trascendentalistas y la amplia comunidad de periodistas que apelan al intelecto y simpatías de la multitud.
Continúa diciendo
Sus escritos no carecen, hagámosle justicia, de cierta imaginación y originalidad; acaso le hubieran conferido un renombre mayor de no ser por su inveterado amor por la alegoría, que otorga a sus argumentos y personajes la apariencia de seres y decorados nada reales, y despoja a sus concepciones de todo calor humano. 
Y sigue
Nuestro autor es prolífico, continúa escribiendo con encomiable y tenaz prolijidad, tal como si sus esfuerzos se viesen coronados por el resplandor del éxito.  Se nos dio a conocer mediante una extensa colección de cuentos en varios volúmenes, titulada "Contes deux fois racontés".  He aquí los títulos de algunos de sus más recientes trabajos (citamos de memoria): "Le Voyage Céleste à Chemin de Fer", 3 tomos, 1838; "Le nouveau Père Adam et la nouvelle Mère Eve", 2 tomos, 1839; "Roderic, ou le Serpent à l'estomac", 2 tomos, 1840; "Le Culte du Feu", grueso volumen de áridas investigaciones sobre la religión y ritos de los antiguos adoradores del fuego en Persia, 1841; "La Soirée du Chateau en Espagne", 1 tomo, 1842; "L'Artiste du Beau, ou le Papillon Mécanique, 5 tomos, 1843.  Una lectura atenta y fatigosa de esta sorprendente lista de volúmenes nos ha dejado cierto afecto personal y simpatía, ya que no admiración, por Monsieur de l'Aubépine, y trataremos de hacer cuanto esté en nuestras manos por presentarlo favorablemente al público norteamericano.
Para terminar esa semblanza sobre la figura del autor francés, Hawthorne presenta
el siguiente relato, "La hija de Rappaccini", como una traducción de la obra "Beatrice, ou la Belle Empoisonneuse", recientemente publicado en la Revue Anti-Aristocratique, periódico editado por el Conde de Bearhoven.
Tras ésta presentación de la obra y su hipotético autor, cuando se lee sobre Nathaniel Hawthorne, se descubre que dicha presentación no es otra cosa que su forma de sublimar comentarios y críticas no muy positivas a su forma de escribir, a las estructuras y contenidos de sus narraciones.  Su paisano Edgar Allan Poe, que lo admiraba como hemos contado más arriba, presentaba sin embargo reticencias cuando le objetaba el misticismo de ciertos relatos así como su excesiva propensión a la alegoría.
De  la relación con amigos y conocidos, la mas intensa aunque breve, sería la que mantuvo con su también paisano Herman Melville.  Mantuvieron una correspondencia que, por desgracia, no se conserva.  Melville sentía tanta admiración por Hawthorne que no dudó en dedicarle su obra Moby Dick
En señal de admiración a un genio, este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne
Melville admiraba, en ese genio, el vigor con que en él afloraba el poder de las Tinieblas.  Sobre su arte literario había hablado en el artículo Hawthorne and his Mosses, aparecido en el periódico The Literary World en el mes de agosto de 1850.
Ese mundo que parece surgido de un espejo obscuro es el que habita ésta narración de Hawthorne que hoy ocupa la entrada de éste blog.  La entrada a la historia que cuenta no puede ser más sugestiva:
Hace muchos años, un joven llamado Giovanni Guasconti abandonó el sur de Italia para proseguir sus estudios en la Universidad de Padua.  Los pocos ducados de oro que constituían toda su fortuna sólo le permitieron alojarse en una habitación alta y sombría, parte de un vetusto edificio cuya apariencia lo hacía digno de haber pertenecido a un noble paduano, y que, en efecto, lucía sobre el pórtico el escudo de armas de una familia desaparecida hacía ya mucho tiempo.  El joven forastero, que había frecuentado no pocas veces el gran poema de su patria, recordó que uno de los ancestros de esa familia, que acaso habitara esa misma mansión, había sido descrito por Dante como uno de los condenados a padecer las inagotables agonías de su Inferno.
Giovanni Guasconti se asoma al balcón de su habitación desde el que se contempla in hermoso jardín.  Pregunta si pertenece a la casa.  No, no es de la propiedad de la dueña que le alquila la habitación, su dueño es el doctor Giácomo Rappacini, investigador de los misterios de los venenos vegetales.  Podrá verlo mientras trabaja, e incluso a su hija, mientras recoge las extrañas flores que crecen en el jardín.
La portada de la edición que ilustra la cabecera de ésta entrada pertenece a la del año 1976 realizada en Buenos Aires, Argentina, por Torres Agüero Editor.  La traducción es de Mirta Meyer; la nota postliminar pertenece a ella y a Carlos Gardini.  Las ilustraciones que aparecen son de Max Ernst.
La hija de Rappaccini vió la luz por primera vez en 1844 y después pasaría a integrar el volumen Mosses from an Old Manse (Musgos de una vieja abadía) aparecido en 1846.
Actualmente es fácil de conseguir porque es un libro que se ha reeditado en varias ocasiones en diferentes editoriales (me refiero al cuento La hija de Rappaccini, tal cual).  Merece la pena que lo leas si no lo conoces.








miércoles, 7 de noviembre de 2018

Cíclope 3.0 - 06-11-18 - Especial Tom Verlaine # 3






La tercera entrega del Especial Tom Verlaine ocupa la edición de Cíclope 3.0 del martes 6 de noviembre de este 2018.  Tres álbumes fechados en 1984, 1987 y 1990 ocupan el programa de hoy.
Comenzamos por el trabajo firmado en 1984, Cover, aclamado como el mejor disco desde su primer lanzamiento en solitario.



Efectívamente, este álbum presenta arreglos inusuales, pero maravillosamente efectivos e imaginativos, más modestos, más esbeltos y más intrincados que los lanzamientos anteriores, con valores de producción excelentes, producción que por cierto recayó sobre el mismo Tom Verlaine.  En la nómina de músicos que colaboran con él está la guitarra bajo incondicional de su amigo Fred Smith, más un guitarra bajo, músico de sesión, vanguardista, inquieto y creativo como es Bill Laswell.



Fred Smith























Bill Laswell



















El Cíclope selecciona tres cortes del álbum Cover, con especial atención al tema O foolish heart, probablemente de las mejores canciones que ha compuesto y grabado Verlaine.
También tres temas extrae el Cíclope del siguiente disco: Flash Light, de 1987, un disco que la primera vez que lo escuché, lo reconozco, me costó pasar del primer tema de la Cara A del LP y no porque fuera una mala canción, todo lo contrario, Cry Mercy Judge, con una guitarra endiablada, me atrapó y lo único que podía hacer era escucharla una y otra vez.  Buenísima.




Con la aparición de Flash Light, Verlaine parece completar un ciclo creativo que le retrotrae al estilo de su primer disco en solitario.  Es un trabajo donde florece una gran fuente de energía, extraordinariamente atractiva.  La producción es meticulosa, realizada entre Verlaine y su antiguo compañero Fred Smith, que sigue manejando la guitarra de bajo, por supuesto.  Quizá la canción más inusual y sorprendente aquí es El científico escribe una carta (The Scientist Writes a Letter), una canción que cuenta una historia conmovedora y verdadera, las confesiones de un hombre que debe ser él mismo a costa de perder el contacto con un ser querido.  Como guitarra de apoyo aparece Jimmy Ripp, un veterano músico de estudio que ha tocado, entre otros, con Mick Jagger o Jerry Lee Lewis.  Se unió a Television en los años 80, cuando se volvieron a reunir temporalmente.



Jimmy Ripp


Y entramos en el último disco que escuchamos en este Especial Tom Verlaine # 3, el álbum titulado The Wonder, del año 1990.




En total son seis las canciones que hemos extraído de éste disco.  En el programa de hoy sólo suenan cinco por motivos de tiempo, pero la próxima entrega del Especial Tom Verlaine, que será la cuarta y última, comenzaremos con el tema que aquí no ha cabido.  Fíjate que es el disco del que el Cíclope selecciona el mayor número de temas.  Y sin embargo no es un disco muy aplaudido por la crítica musical que no recibió con buenos oídos este álbum de Verlaine.  Para algunos sectores críticos, en esta ocasión, Tom canta de manera suave y aceitosa, lo que parece una versión elegante de Bryan Ferry, algo que no se lleva bien en el transcurso del álbum.  Todo, para la crítica, podría haber sido… pero no es.  Llegan a asegurar que el disco es una decepción que, desafortunadamente, no se puede recomendar.  Sin embargo para quien realiza éste blog, The Wonder es un disco cálido y cercano, que reúne un puñado de canciones tranquilas, composiciones más románticas de lo que habitualmente hace Verlaine, más armónicas, si se quiere.  Pero el músico sigue sacando de su guitarra eléctrica un sonido angular y excéntrico.  Probablemente esa emoción serena fue lo que despistó a la crítica y dejó desconcertados a muchos de sus seguidores cuando salió el álbum.  No comparto ni el desconcierto ni la falta de interés para recomendar el disco, al contrario.  Creo que nadie puede llamarse a engaño: es la guitarra, es la voz de Tom Verlaine, su forma de modular, es su estilo de componer, solo que, tal vez, un poco más contento que antes.

Espero que te guste el programa.


Enlace para escucharlo y descargarlo:

http://www.radio.tomares.es/blog/ciclope-30-06-11-18







jueves, 1 de noviembre de 2018

Cíclope 3.0 - 30-10-18





Portico Quartet


Cíclope 3.0 del martes 30 de octubre de 2018.
Como sucede en otras ocasiones, hoy el programa gira alrededor de un solo disco, en éste caso el que firmaron en el año 2015 el cuarteto británico Portico Quartet y que titularon Living Fields.
Portico Quartet es un grupo contemporáneo del sur de Londres dedicado a la fusión de jazz moderno y música étnica.  Se forma en el año 2005 bajo los auspicios creativos del músico percusionista Duncan Bellamy, intérprete especializado en el instrumento exótico de percusión conocido como Hang. El buen hacer del grupo en directo inspiraron al principal Club de Jazz de Londres, el Vortex, a crear un sello discográfico para lanzar su música, un debut que se llevó a cabo en el año 2007 con el padrinazgo de Gilles Peterson, DJ de origen francés, presentador de programas de música en la radio (BBC en Reino Unido, Radio Nova en Francia) y fundador de sellos discográficos.
La formación original de Portico Quartet reunía a Jack Wyllie, saxofón y teclados; Duncan Bellamy, batería y glockenspiel; Milo Fitzpatrick, contrabajo y Nick Mulvey, hang y percusión.



Jack Wyllie



Duncan Bellamy
















































Milo Fitzpatrick




























Nick Mulvey



















Nick Mulvey tocaba en la banda el tambor llamado hang, tambor metálico con carcasas fijas, cuyo sonido melodioso se asemeja a un tambor de acero balinés.  En la foto inmediatamente superior, Mulvey toca tres hangs.
El grupo autoedita un primer disco en el año 2006 que aparece con el nombre Untitled o Gypsy Music, según la base de datos que se consulte.  Temas grabados en estudio y algunos en actuaciones en directo con público.  Probablemente el que asistía a la sala Vortex en Londres, en el número 11 de Gillet Square.




Entre los años 2007 y 2009 graban tres discos de composiciones instrumentales.  Editan con el sello Vortex y con el sello de Peter Gabriel Real World Records.  En el año 2011, Nick Mulvey abandona el seno del cuarteto y es sustituido por Keir Vine, percusionista especializado también en el tambor hang.



Keir Vine

A pesar de utilizar el hang y utilizar su sonido característico, Portico Quartet cambian el sonido de su música y pasan de un sonido donde imperaban los diálogos entre los saxos, la batería, la percusión y algo de teclados, a un sonido más electrónico.  Dura poco el cambio porque se quedan en trío: Keir Vine se marcha, aunque volverá más tarde, precisamente con el disco que hoy utilizamos en Cíclope 3.0 como columna vertebral, el titulado Living Fields, aparecido en el año 2015.





Desde que el grupo comenzó a hacer música, las composiciones siempre habían sido instrumentales, la voz no aparecía en ningún momento.  Pero en ésta ocasión prueban suerte e incluyen letras en sus temas.  Ahora bien, ¿quién va a interpretarlas?  Porque ninguno de los miembros del cuarteto canta.  No les gustan sus voces.  Entonces, habrá que buscar a un intérprete.  O, mejor: varios intérpretes, amigos, colegas de profesión.  Y así se graba y se hace realidad éste álbum de Portico Quartet, que cuenta con las colaboraciones de Jono McCleery.



Jono McCleery

McCleery es un cantautor británico, de Londres, que lleva, por el momento, unos cinco álbumes editados desde el año 2008.  Es uno de los músicos que colaboran con el cuarteto.  El Cíclope selecciona uno de los temas del disco de Portico donde canta y después recupera un disco de la discografia de McCleery.




Jamie Woon

Otra de las voces que aparecen es la del cantante de la foto superior, Jamie Woon, vocalista de perfil soulero, hijo de la cantante de folk celta Mae McKenna.  El Cíclope, con él, hace lo mismo que con el cantante anterior: un tema cantado en el disco de Portico Quartet y algo de su discografía.
La tercera colaboración vocal que se buscó el cuarteto fue la del guitarrista y cantante Joe Newman.




Joe Newman

Newman pertenece al grupo de rock inglés Alt-J.  El nombre del grupo es la conjunción de presionar las teclas Alt y J en un teclado de Mac, dando como resultado el símbolo Delta.  Realizan un rock independiente excéntrico que experimenta con el ritmo, la estructura de la canción, la percusión y el espacio.  Formado por primera vez en 2008 bajo el nombre de FILMS, el cuarteto fundador se reunió en la Universidad de Leeds.  Pasaron dos años antes de un acuerdo con el sello discográfico Infectious Records en 2011.  Primer contrato y planteamiento para cambiar el nombre de la banda, escogiendo esa misteriosa combinación de teclas Alt + J.  Comienzan a tener éxito, el calendario de actuaciones se va incrementando por días, el nombre del grupo empieza a tener cada vez más eco.  Pero ya no es tan divertido, al menos, no para algunos miembros de la banda, como le sucedió al bajista, Gwil Sainsbury.  A finales del año 2013, de forma amistosa, dijo adiós al cuarteto, y el trío restante, el cantante y guitarrista Joe Newman, el teclista Gus Unger-Hamilton y el batería Thom Green continuaron y siguen hasta nuestros días.



Alt-J


Y como hemos hecho en el caso de los otros cantantes que colaboran con Portico Quartet en la realización de su disco, escuchamos un tema interpretado por Joe Newman y una de las composiciones de Alt-J.
Si hemos estado enredando canciones y melodías de música cruzada entre el Jazz, la música étnica, la electrónica...en la recta final del programa de hoy nos vamos a quedar con sonidos eminentemente jazzísticos, con dos intérpretes y compositores.  El primero de los dos es Kyle Eastwood.



Kyle Eastwood


Sí, se parece a su padre, no puede negar los genes.  Como tal vez ya sepas, éste músico es hijo del actor y director de Cine Clint Eastwood.  De su padre hereda el amor por el Jazz, convirtiéndose con su contrabajo en un respetado músico de sesión de principios de los años 90.  Más tarde le dará forma a su propio cuarteto.  En 1998 lanzó su debut en solitario, From There to Here.  Ha compuesto la banda sonora de varias películas dirigidas por su padre y es un músico francamente interesante.  Nos quedamos con un fragmento de su álbum del año 2013 titulado The View from Here.



Los Eastwood

Para poner el punto y final al espacio de hoy nos trasladamos hasta Canadá, hasta Toronto, con un trompetista, fliscornista, compositor y arreglista del mundo del Jazz: Kenny Wheeler.



Kenny Wheeler (1930-2014)


Kenneth Vincent John Wheeler, nacido en 1930 en Toronto, Ontario y fallecido en Londres en el año 2014, poseía un estilo extraordinariamente poético, a medias entre el Jazz y la Música Contemporánea.  Como intérprete del fliscorno era capaz de extraer del instrumento una amplísima gama de sonoridad y una tesitura muy amplia.  Por cierto, no sé si lo habré comentado en alguna otra entrada del blog, pero al músico que toca el fliscorno se le llama fliscornista o cornutista, palabra que puede aparentar un significado prosaico y no es así, qué cosas.  Volviendo a Wheeler, fue un hombre que dejó una rica discografía y una larga lista de colaboraciones en el mundo del Jazz, lógicamente, y también en los círculos más experimentales del Rock.  Con él se cierra Cíclope 3.0, con un corte de su trabajo del año 1977 titulado Deer Van.

Espero que te guste el programa.


Enlace para escucharlo y descargarlo:

http://www.radio.tomares.es/blog/ciclope-30-30-10-18







miércoles, 24 de octubre de 2018

Cíclope 3.0 - 23-10-18






Cíclope 3.0 del martes 23 de octubre de 2018, como es lógico, en la sintonía de Radio Tomares.  Hemos escogido, como cabecera para esta entrada, un fragmento de las fotos que ilustraban la carpeta del doble LP de Génesis The Lamb Lies Down on Broadway, firmado en el año 1974 y con un magnífico trabajo de diseño realizado por el colectivo Hipgnosis.  Y hemos tomado esa foto, un rostro sin boca, porque precisamente en el programa de hoy no hay voz, no hay palabras, tan solo música instrumental.  Casualidades que se dan en la vida: el Cíclope se puso a buscar y fue encontrando música que se engarzaba a través de diferentes composiciones.  Al final del programa estaba previsto que sonara una voz de mujer, pero como es habitual el Tiempo nos vence, por estrategia, y la voz se ha quedado fuera del espacio de hoy.  Pero volverá.  De todas formas, eso es al final, y no hemos hecho otra cosa que comenzar, así que vámonos con los primeros invitados, un quinteto original de Chicago que responde al nombre de Tortoise.



Tortoise

Los miembros tienen sus raíces en la fértil escena musical de Chicago, tocando en varios grupos de Rock Independiente y Punk.  Fue una de las primeras bandas americanas de rock independiente en incorporar estilos más cercanos al Krautrock, al Dub, el Minimalismo, la Electrónica y varios estilos de Jazz, en lugar del Rock and Roll y el Punk estándar que dominaron el indie rock durante años.
Algunos han citado a Tortoise como una de las principales fuerzas del desarrollo y la popularidad del movimiento Post-Rock.  Otros, sin embargo, han caracterizado la música de Tortoise como endeudada con el Rock Progresivo.  La banda se origina en 1990, capitaneada por el guitarra bajo Doug McCombs y el batería y teclista John Herndon.  Después se unirían tres miembros más entre los que destaca el batería John McEntire porque, aunque las canciones se acreditan a todos los músicos del proyecto, McEntire rápidamente se percibió como, si no el líder reconocido, la fuerza guía del grupo, siendo no sólo un miembro del quinteto sino también el mezclador e ingeniero de sonido.


Tortoise
(Tortuga) en el agua

Y de la banda madre a uno de sus muchos proyectos paralelos: Brokeback.  



Brokeback
(
Doug McCombs, primero por la izquierda)

Brokeback es la banda paralela a Tortoise del guitarra bajo Doug McCombs.  Comienzan a grabar en 1999, cuando Tortoise llevan ya cuatro discos.  Brokeback, dedicados a la música instrumental también, elaboran composiciones que se pueden poner junto a las de Tortoise y los grupos surgidos de esta banda seminal como The Sea and Cake, Slint, Isotope 217 o Chicago Underground Duo.  Un día escucharemos a estas bandas.  Por ahora nos quedamos con el sonido de Brokeback.



Doug McCombs
 ensimismado en su guitarra bajo, al frente de Brokeback


Continuamos con música sin palabras, grupos, bandas dedicadas al Rock Instrumental.  El turno ahora es para Beware of Safety.



Beware of Safety

Pocos datos sobre este quinteto que comenzó en el año 2005 como trío y que pasaron a ser quinteto.  Son de Los Ángeles, California, y practican un Post-Rock bien estructurado, sin darse demasiada importancia ni montar mucha alharaca.




Ya que estamos enredando en el programa de hoy melodías sin palabras nos quedamos ahora con un grupo originario del país vecino en la Península Ibérica.  Desde Portugal llegan Catacombe.  



Catacombe

Originarios de Vale de Cambra, ciudad portuguesa del Distrito de Aveiro, situado en la región del norte de Oporto, es una ciudad reconocida por sus diversos grupos dedicados a la música instrumental.  Catacombe nació en el año 2007, de la mano del guitarrista Pedro Sobast.  Después de grabar un EP en 2008 de forma artesanal (en la casa de uno de los miembros de la banda) la banda comienza a tener un eco entre los que les han han visto tocar en directo, y el interés por Catacombe consigue que se abran probabilidades para grabar y promocionar su música, cosa que se materializa cuando el sello ruso Slow Burn Records les ficha y produce un lanzamiento mundial.  El grupo está formado por Pedro Sobast, guitarra, Filipe Ferreira, guitarra, Gil Cerqueira, guitarra bajo y Pedro Melo Alves, batería, percusión y piano.  En el año 2014, cambiando de sello discográfico, editan Quidam, el álbum que recupera el Cíclope.



Catacombe
 - Quidam - 2014


Llegamos al final del programa de hoy.  Nuestra intención era finalizar con voz, pero nos vence el Tiempo.  Terminamos en Portugal pero con un compositor e intérprete cuya música es diferente, distinta a la tónica que ha imperado en ésta edición de Cíclope 3.0 porque acabamos con Rodrigo Leão, uno de los compositores e intérpretes más importantes de los años finales de la década de los 90 en Portugal.



Rodrigo Leão



Espero que te guste el programa.

Enlace para escuchar y descargar el programa:








miércoles, 17 de octubre de 2018

Cíclope 3.0 - 16-10-18




Ilustración original de Jeannie Lynn Paske para la portada del libro-disco Wisdom for Debris con música de Eluvium


En la sintonia de Radio Tomares, Cíclope 3.0, edición del martes 16 de octubre de 2018.  Comenzamos con sonidos de Rock Instrumental de la banda norteamericana The Calm Blue Sea, un quinteto original de Austin, Texas, que graban por primera vez en el año 2008.  Precisamente del disco de ese año que bautizan con el nombre de la banda son los dos temas que trae el Cíclope.



The Calm Blue Sea

Se lo toman con tranquilidad y vuelven a los estudios de grabación en 2012.  Por en medio, en el año 2009, autoeditan un disco con la banda sonora para la película de 1924 de Fritz Lang Los Nibelungos: la muerte de Sigfrido.  El CD recoge la música que interpretaron mientras se pasaba el film en su tierra natal.






















Afiche de la película de Fritz Lang


























Del sonido sin palabras a la música que recrea estados emocionales tranquilos, aunque el comienzo de sus intérpretes se sitúe en el polo opuesto.  Polyenso es un trío ampliado a quinteto que comenzaron en el año 2000 con otro nombre y otra estética musical.  Entonces se llamaban Oceana y practicaban un ortodoxo y ruidoso Post-Hardcore, apareciendo además con una estética cercana a Halloween.



Oceana

Desde el año 2000 activos, hasta principios de 2010, cuando se quedan tan sólo tres miembros originales y se bautizan con el nombre de Polyenso.  De trío pasan a quinteto, se calman, y graban discos como el que recupera el Cíclope: One particular loop, de 2013, con sonidos de trompeta y conjunciones melódicas.  Son originales de San Petersburgo, localidad de Florida.



Polyenso

Si hemos comenzado ésta edición de Cíclope 3.0 con Rock Instrumental, volvemos al sonido sin palabras también realizado por una banda de Austin, Texas.  Explosions in the Sky es un cuarteto productivo en éste campo del Rock, la música instrumental.  Al comienzo fueron tres guitarras eléctricas y un batería.  Uno de los guitarras sustituyó la suya por una guitarra bajo y así quedó definitivamente estructurada la formación del grupo.  Iniciaron su discografía con el principio del siglo XXI, en el año 2000, y hasta el momento han producido discos en estudio y han compuesto dos bandas sonoras de películas.  Hoy traemos el álbum del año 2011 titulado Take Care Take Care Take Care, que incluye una postal recuperada desde el año 1952.



Explosions in the Sky

Siguiendo el rastro de la música sin palabras nos vamos ahora al reino de los teclados, paisajes sonoros ambientados por un proyecto llamado Eluvium.  Éste es el típico caso en el que detrás de un nombre que puede dar la idea de grupo en verdad hay una sola persona.  Eluvium, en realidad, es Matthew Cooper, compositor e intérprete de música electrónica nacido y criado en Tennessee pero residente en Portland, Oregon, punto neuralgico en este siglo XXI de dúos, solistas y grupos dedicados a los paisajes interiores electrónicos.



Eluvium
 - Matthew Cooper

Las portadas de los discos de Eluvium, una gran mayoría, están realizadas por la artista Jeannie Lynn Paske, compositora, intérprete y dibujante.  La ilustración que encabeza ésta entrada del blog es suya y pertenece a un libro-disco hecho a medias entre ella y Eluvium, Wisdom for Debris, del año 2014.  Algunas portadas suyas son las siguientes:



Eluvium
 - Nightmare Ending - 2013

Eluvium
 - Curious Things - 2016



Eluvium
 - False Readings On - 2016


Jeannie Lynn Paske
 (a la derecha, para que no haya mal entendidos)

En la recta final del programa unimos a Matthew Cooper o lo que es lo mismo, Eluvium, y a Mark T. Smith, una de las dos guitarras de Explosions in the Sky.  El resultado es Inventions, un dúo que hasta el momento han grabado dos álbumes, uno en el año 2014 y el otro en el 2015.  Del segundo trabajo nos quedamos con una de las composiciones que refleja lo que hacen estos dos músicos juntos.  Por supuesto, música instrumental.



Inventions
 (Matthew Cooper, izquierda; Mark T. Smith, derecha)


El punto y final lo pone otro instrumental, en esta ocasión a cargo de Caul.  De Caul lo único que podemos decir es que, en realidad, se llama Brett Smith, que es estadounidense, que toca todos los instrumentos y que el anonimato (no hay fotos de él...o de ella, quién sabe) es su gran pasión.  Su música, que es lo que nos importa, a veces es poco atractiva como lo demuestra algunos de sus trabajos.  Pero cuando suena bien merece la pena.  Con su disco del año 2013 terminamos.



Espero que te guste el programa.


Enlace para descargarlo o escucharlo:


http://www.radio.tomares.es/blog/ciclope-30-16-10-18